Catástrofe de otros tiempos
EL avión se ha consolidado como el medio de transporte público más seguro en el siglo XXI. Al menos en Europa occidental. En algunos países de África, de Asia, incluso del Este europeo, no se puede afirmar lo mismo. La seguridad en el transporte aéreo es uno de los indicadores más obvios del desarrollo de un país, de su solvencia y fiabilidad. En España, sin ir más lejos, en todo lo que llevamos de siglo no se había registrado ningún accidente de aviación como el de ayer en Barajas. Aparte de varios casos mortales en la tercermundista línea que existía entre Málaga y Melilla, habría que retroceder hasta la primera década de la democracia, en 1985, para encontrar otra catástrofe semejante, la de un avión que iba de Madrid a Bilbao, que chocó en el monte Oiz cuando se disponía a aterrizar. Un siniestro en el que murieron 148 personas, y que dio lugar a todo tipo de comentarios y suspicacias, por el lugar donde ocurrió y porque estuvo entre las víctimas Gregorio López Bravo, ex ministro franquista y diputado de la AP de Fraga. Las especulaciones sobre un supuesto atentado quedaron desmentidas.
Desde el 11-S de Nueva York en adelante, los aeropuertos se han convertido en lugares molestos e inhóspitos, con tantas medidas de vigilancia antiterrorista, pero la seguridad en los viajes es casi absoluta. Los vuelos baratos han popularizado el transporte aéreo hasta límites insospechados. A pesar de Ben Laden y sus seguidores, y a pesar de la amenaza que planteaba la subida de precios del petróleo, la aviación vive un momento espectacular, gracias precisamente a su seguridad. Por eso, lo que ocurrió ayer en Barajas causa una infinita perplejidad.
Esta catástrofe, propia de otros tiempos, guarda todos los ingredientes para ser más patética. Era un vuelo nacional, de Madrid a Gran Canaria, en pleno mes de agosto, en uno de los destinos turísticos más importante, en el aeropuerto de referencia español, recientemente remodelado con la gafada T-4… El vuelo JKK 5022 era un viaje rutinario, como el de tantas miles de veces, en el que repetirían los consejos de salvamento a los que nadie presta atención. Y, de repente, el avión salió ardiendo en la maniobra de despegue, convirtiendo en un infierno los sueños de una tarde de verano.
Habrá que esperar a las investigaciones. Parece mentira que esto pueda pasar en agosto de 2008, en España, y en el aeropuerto de Barajas para colmo, que es la joya de la corona de AENA. Fatalmente, este horrible siniestro le ha ocurrido a un avión de Spanair, que está en plenas negociaciones de viabilidad, en el peor momento de su historia. La aerolínea ha presentado un expediente de regulación para 1.100 trabajadores, y probablemente morirá también a consecuencia de la catástrofe de ayer en Barajas.
José Joaquín / León
Fuente: diariodecadiz.es