Un grupo de guardias civiles, en el aeropuerto de Palma en la tarde de ayer, tras el atentado mortal de Palmanova.

Panel de la terminal T2 del aeropuerto de Barajas en el que se anuncian retrasos en los vuelos a Palma, ayer por la tarde. Foto: EFE / BALLESTEROS
Perplejidad. Esa era la sensación más generalizada ayer en toda Mallorca. A nadie le resultaba fácil asimilar que ETA se hubiera atrevido no solo a atentar en la isla –considerada un búnker casi inaccesible ante la inminente llegada de la familia real–, sino a hacerlo en uno de sus puntos más concurridos, ya que Palmanova, en el término de Calvià, el municipio más rico de Europa, es lugar de acogida de miles y miles de turistas, más ingleses que alemanes.
Sobre esa multitud de ciudadanos y turistas perplejos se cernió a lo largo de la tarde la sombra del caos. Un caos que no llegó a materializarse en toda su crudeza gracias a la comprensión casi infinita de los isleños –esa calma y parsimonia tan típicamente mallorquinas– y, sobre todo, a la serenidad con que afrontaron los hechos aquellos que empezaban o acababan sus vacaciones.
RETRASOS Y CANCELACIONES / La amenaza del caos se hizo especialmente tangible con el cierre casi inmediato del aeropuerto de Son Sant Joan, el puerto de Palma y todos y cada uno de los puertos deportivos de la isla. Al cierre de esta edición, el puerto de Palma funcionaba aún con grandes restricciones y allí permanecían atracados cuatro enormes cruceros –el Fantasía, el Costa Concordia, el Thompson Destiny y el Oceana– en los que debían embarcar miles de turistas (el jueves es cuando llegan a la localidad los cruceros turísticos).
El aeropuerto recuperó la actividad tras permanecer cerrado dos horas, entre las cuatro y las seis de la tarde, pero los problemas se prolongaron durante toda la tarde. El cierre afectó al menos a 47 vuelos (26 de salida y 21 de llegada) entre cancelaciones y retrasos. Centenares de pasajeros se vieron obligados a pasar la noche en Son Sant Joan después de que el retraso acumulado por su vuelo hiciera que la tripulación superara el límite fijado para su jornada laboral y la compañía no pudiera disponer de otros tripulantes. En el primer piso del aeropuerto, todo el mundo protestaba por lo mismo de siempre: falta de información.
La denominada operación Jaula afectó también a las carreteras, aunque solo algunas –principalmente las de entrada y salida a Calvià, las de entrada y salida a Palma y aquellas que afectaban al aeropuerto– sufrieron controles, que causaron, eso sí, grandes retenciones, algo poco habitual en esta isla.
La mayor zozobra, lógicamente, se produjo en Palmanova, Calvià y sus alrededores, pues, desde el primer instante, la policía sospechó que al coche explosionado le podía seguir algún otro artefacto situado en un vehículo trampa. De ahí que, después de recomendar a los turistas hospedados en las calles adyacentes que no salieran de los establecimientos, una vez localizada la segunda bomba la policía procediera a desalojar a los cientos de personas que permanecían en los edificios de las inmediaciones, lo que causó algunas escenas de desconcierto.
MIEDO EN LA CALLE / «Tras la crisis y la gripe A, ya solo nos faltaba un atentado para complicarnos más la vida», señalaba Carlos Delgado, alcalde de Calvià, quien, nada más concluir el pleno de su consistorio, salió a la calle y encontró «a toda la población asustada, las calles cerradas y la gente creyendo que había ocurrido un accidente de tráfico». Para Delgado, «siempre habrá un antes y un después del atentado».
Ramón Socias, delegado del Gobierno en Baleares, fue el primero en pedir «comprensión» a los mallorquines y a los turistas por las incomodidades que podían producirles los controles y el cierre del aeropuerto y los puertos. Hubo quien a la comprensión sumó una prudencia extrema y no fue extraño ver a ciudadanos mirar debajo de sus coches antes de subir a ellos. Como reconoció Maria Antònia Munar, presidenta del Parlament balear, «es evidente que ETA aún tiene poder para asesinar ilusiones».
Fuente: EFE